miércoles, 12 de octubre de 2022

Colón descubrió América, y el Toreo su porvenir


    Entre la zozobra estoica de las olas que llevan a la calle Adriano, doce mil almas, ajenas, desembarcaron de la Niña, la Pinta y la Santa María para acariciar las entrañas del Baratillo por vez postrema en la presente temporada. Fue un doce de octubre, doscientos treinta años después, cuando el Giraldillo hispalense alzó, a modo de veleta, la bandera que anunció un descubrimiento. Fue un doce de octubre cuando Dios, en San Lorenzo, hizo hombre a un niño como obra de caridad para los pobres. Fue un doce de octubre cuando se apuntilló una digresión de medio siglo con tres pañuelos en el palco entre palmas por bulerías. Y en el templo del toreo, un doce de octubre, la historia viva se escribió cruzando la Puerta del Príncipe.



    La Fiesta tiene futuro, y quizás también presente. No fue por ser un festival, tampoco por ser un pueril torerillo de quince años. El presidente D. José Luque Teruel se levantó para concederle -a ley- el tercer trofeo a Marco Pérez por la lidia completa que ejecutó sobre el albero de oro de Sevilla. Un debutante de la Escuela de Salamanca camina en torero hasta las rayas de picar del tendido doce de sol para hincarse de rodillas como frente al Gran Poder. Y tras saludar con pinturería y recursos a un fuerte añojo de Jandilla, Tejera se arrancó por “Amparito Roca” como en las tardes grandes de capa de Morante, Ortega o Curro.



    El aficionao en chaqueta sentado a mi derecha, que no pronunció sílaba en todo el festejo, se limpió una lágrima cuando el chiquillo brindó a su madre, la valiente mujer que le ayuda a vestirse de torero. Y a ese buen aficionao emocionado creo que lo seguimos el resto de la plaza. Solvencia torera, inteligencia, sentido de la medida, quietud, oficio, la barbilla siempre encajá’ en el pecho, Marco deja incrédulo y en pie al tendido del Arenal. Y perfilándose en suerte natural, deja una estocada entera con más verdad que la Palabra de Dios. Lío gordo. Historia viva.


    Pero no queda ahí la cosa. Cortó pata negra Pablo Aguado a sones de “Dávila Miura”. Recuerdos mágicos de un diez de mayo de 2019 cuando soñamos el toreo. Esta vez no fue con Cafetero, de Jandilla. Ni vestía de berenjena y oro. Pero durmió el percal con la misma suavidad, encajó la cintura con la misma naturalidad, talló las mismas trincherillas sevillanas y pintó la mejor suerte suprema de la tarde. Pese a un primer pinchazo, desorejó al de Núñez de Tarifa, con un gran pitón izquierdo.



    Sin suerte Juan Ortega, de paupérrima colocación frente a un astado más soso que la petenera; comprometido y variado Daniel Luque con un utrero de incoherente morfología, le tocó un manso a un entregado Manzanares, y más puro que en muchas ocasiones (oreja); sin lote estuvo Urdiales, que esbozó algunos destellos; y muy torero Diego Bastos que no pudo expresarse con comodidad.



    Y de mi retina no se borra el niño torero en volandas camino del hotel. Porque en el Paseo de Colón –como si de una coincidencia se tratase- la Maestranza enseñó al mundo el último gran descubrimiento del toreo.


Imágenes: Diario, de Sevilla, Maestranza Pagés, Cultoro

Romero Salas